El valor de agradores

Solemos suponer demasiadas cosas. Entre ellas, que no es necesario dar las gracias o decir te quiero. Y aunque muchas veces no es fácil, cuando lo hacemos el alma no los agradece. Al escribir un libro siempre hay un momento maravilloso: cuando solo nos queda escribir los agradecimientos. Es la etapa que mas disfruto y a menudo pienso que es el objetivo más deseado tras largos meses de trabajo. Cuando por fin llega ese instante, todo lo que había que decir ya está dicho, se han planteado las ideas, citado cifras y enumerado las referencias. El mundo abstracto de los conceptos y de las historias pasadas se difumina para dar paso a lo que está presente, a lo que tiene más mi vida: los vínculos que me unen a todos aquellos que contribuyeron a mi historia y que la han enriquecido.

El valor de agradores

Desde hace diez años, los psicólogos estadounidenses que suscriben la corriente conocida como psicología positiva exploran la manera en que cada persona se permite generar su propia felicidad, en lugar de limitarse a reducir su sufrimiento. Uno de los métodos que ellos recomiendan con mayor frecuencia consiste en llevar una especie de diario íntimo. Se nos pide anotar varias veces a la semana durante algunos minutos aquellos acontecimientos que a lo largo del día nos han producido satisfacción. Casi siempre se trata de cosas sencillas: cocinar un plato delicioso, un paseo en bicicleta bajo los rayos del sol o una sonrisa inesperada del cajero del supermercado. Esta tarea de recapitulación centra nuestra mirada en lo que nos hace sentir bien. El simple hecho de advertir con regularidad nuestras experiencias agradables logra mejorar de forma notable nuestro estado de ánimo y nuestro sentimiento de satisfacción con la vida.
Pero el profesor Martin Sligman, que encabeza este movimiento, en vez de llevar este registro, prefiere otro ejercicio que le parece aún más eficaz; consiste en escribir una carta a una persona para agradecerle lo que nos ha aportado. Para poder llevar a cabo esta acción se necesita gran valentía. Debemos permitir que nos rebosen nuestras emociones para poder agradecer con el corazón y no sólo con las palabras. Es necesario contar una historia, recordarle a la persona que nos ayudó cuando la necesitábamos qué es lo que hizo exactamente y cómo nos conmovió. Por ejemplo, esta historia: “Me sentía totalmente deprimida. Ya lo había intentado todo y aun así había fracasado. Me invitaste a tu casa de campo todo el fin de semana. Me escuchaste durante horas con paciencia. Me diste confianza en mi misma. De no ser por ti, creo que jamás lo habría intentado de nuevo. Desde hace un tiempo quería expresarte todo lo que ese momento significó para mí. Y para terminar sólo quiero decirte: “gracias”. Pero el profesor Seligman va más lejos: recomienda entregar esta carta en persona y leerla en voz alta al destinatario. No es algo fácil de lograr sin llorar, pero es un gesto que alimenta la vida.

Cuando trabajaba en Pittsburg conocía a un médico amerindio que narraba una historia que un tiempo después leí en Internet: un anciano explicó a su nieto que en cada ser humano había dos lobos. Uno representa la ira, los celos, el orgullo y la vergüenza; el otro, la benevolencia, la esperanza, la sonrisa y el amor. El pequeño le preguntó: ¿De los dos lobos cuál es el más fuerte?” Y éste le respondió: “Aquel al que alimentas”.
David Servan -Schreiber