Genios por naturaleza

¿Es el talento un don que se trae en los genes?

La incógnita sobre el verdadero origen de las habilidades extraordinarias ha llevado a los investigadores a desarrollar diferentes teorías a manera de respuesta, como la forma de la cabeza, comparar el IQ e introducirse en lo más hondo del cerebro.

Genios por naturaleza

“El talento es un don que Dios nos hace en secreto y que nosotros revelamos sin saberlo”, dijo en una ocasión Charles-Lous de Secondat, mejor conocido como Montesquieu, al referirse a esa capacidad que es entendible para la mayoría pero que no todos pueden explicar. ¿Ser talentoso es algo absoluto o sólo circunstancial? ¿Momentáneo o permanente? ¿Se puede ejercitar y desarrollar? ¿Es lo mismo que aptitud? ¿Es posible detectarlo o simplemente se reconoce cuando se tiene enfrente? Lograr una respuesta lo más cercana a la realidad ha intrigado a los investigadores todo el mundo durante muchos años. “Por ejemplo, al término de la Revolución Francesa (1789-1799) se especulaba que el talento estaba relacionado con ciertas protuberancias en el cráneo, las cuales se percibían a simple vista –por coincidencia- en algunas personas con alto grado de inteligencia. Entonces, si alguien contaba con algunas de esas deformidades, significaba que tenía habilidades especiales”, indica Saúl Garza Morales, jefe del Departamento de Neurología del Hospital Infantil de México “Federico Gómez”,

Esta forma de pensar tuvo tanta fuerza que se creó en 1839 una corriente de pensamiento a la que se denominó Frenología, y se dedicaba a investigar cuáles eran las áreas de la cabeza que podían tener relación con habilidades especiales. La disciplina –también denominada Craneología- tuvo como principal exponente al anatomista austriaco Joseph Francis Gall, quien trazó un mapa cerebral con 38 zonas específicas y relacionó cada una a comportamientos sociales del individuo; por ejemplo, decía que en el área siete radicaba el origen de la criminalidad como consecuencia de un subdesarrollo del intelecto. Sus hipótesis fueron muy populares en Estados Unidos gracias a Lorenzo Fowler, quien publicó en ese país el libro El almanaque frenológico.

La Frenología, surgida en el siglo XIX, aseguraba que los cráneos deformes pertenecían a los talentosos.
El doctor Garza Morales Menciona que durante la primera mitades siglo XIX también se empezaron a estudiar las habilidades ligadas a personas con cráneos muy grandes o muy pequeños; en este último caso por lo general significaba que sus dueños tenían menores aptitudes intelectuales.

Hoy parte de ese pensamiento permanece, pues en la práctica nos hemos dado cuenta que cuando las personas se salen de los niveles normales respecto del tamaño de la cabeza –muy chicas-, con frecuencia esto se relaciona a enfermedades que limitan sus habilidades”. Más tarde, en 1869, se pensó que el talento venía por herencia. El primer intento de análisis científico de la superdotación lineal corrió a cargo de Francis Galton, autor del libro Hereditarí Genios –e inventor del detector de huellas digitales-, quien halló una importante relación en lo que toca a los antecedentes familiares, por lo que hizo hincapié en la transmisión hereditaria del genio.

La gran incógnita

La base principal de la teoría de Galton, más que en los aspectos genéticos estaba apoyada en la valoración social del rendimiento de las familias, por lo que no ofrecía una justificación clara en cuanto a los factores físicos del talento. Por tal razón, su publicación no aportó datos importantes para el entendimiento del tema, aunque sí abrió un campo a posteriores trabajos científicos. Durante la segunda década del siglo XX, los científicos especulaban que el talento estaba relacionado con el índice de inteligencia (IQ por sus siglas en inglés) de cada persona. En 1921 el psicólogo Lewin Madison Terman, de la Universidad de Stanford, Estados Unidos, inició un proceso de identificación de escolares que mostraban un elevado coeficiente intelectual, para encontrar los lazos con las habilidades que estaban fuera del común denominador. El procedimiento consistía en aplicar la prueba un segmento de niños seleccionados por sus maestros en función de los criterios de brillantez escolar y juventud, al que se le consideré grupos experimental. Aunque en su momento esa hipótesis generó gran revuelo, hoy sabemos que no existe la relación entre el IQ y el talento. “La investigación actual en este campo ha mostrado que sí hay diferentes niveles de inteligencia. El IQ está relacionado con habilidades de tipo escolar, principalmente las abstractas. Esto significa que quien tiene un coeficiente alto –promedio de 100 puntos en la escala de Wesler- será hábil en las matemáticas o química, y de manera paradójica tendrá una relación social mala y carecerá de talento para las artes o el deporte”:

Habilidad cerebral
Tras la falta de confiabilidad en algunas teorías como la Frenología, los investigadores aún no se acercaban a la respuesta de la gran incógnita: ¿Y si el talento se encuentra en cómo se agrupan y se relacionan las neuronas del cerebro? Esto dio inicio a una intensa cruzada para comprender el origen interno de las capacidades extraordinarias de ciertos humanos.
Todo comenzó en el Hospital de Pricenton el 18 abril de 1955. Ese día murió el connotado científico Albert Eisntein y, auque había pedido ser incinerado, el patólogo Thomas S. Reví decidió que su cerebro debía salvarse y se lo extrajo a escondidas antes de la cremación. El médico estaba convencido que en este órgano privilegiado debían esconderse las razones de la genialidad sin procedentes del físico; sin embargo, luego de diez años de análisis, no había nada concluyente en cuando al origen de su talento. El “robo” se hizo público cuando el periodista Steven Levy lo encontró repartido entre dos frascos de conservas en el interior de una caja de cartón en la casa de harvey. La mayor parte del cerebro había sido seccionada, salvo el cerebelo y parte del córtex.

La primera búsqueda neuronal para conocer la clave de las habilidades fue el cerebro de Einstein

Década más tarde, entre 1985 y 1999, se publicaron en la revista Nature tres artículos sobre estudios científicos a partes del cerebro del físico alemán, con los siguientes resultados: sus neuronas tenían mayores demandas de energía, el cerebro pesaba menos pero tenía una mayor densidad de neuronas, y sus lóbulos parietales derecho e izquierdo contaban con una inusual estructura de surcos, justo en la zona que se ha identificado como importante para la compresión de las matemáticas. Pero inferir de estos resultados que el talento depende de la densidad de neuronas o de raros surcos del córtex, es sólo una especulación. Curiosamente, algo parecido pasó con el cerebro de Lenin, entregado por las autoridades soviéticas al entonces famoso neurólogo alemán Oskar Vogt. Tras dos años y medio de análisis, en 1929 este especialista hizo públicas unas conclusiones sorprendentes: el córtex del revolucionario ruso contaba con mayor número de un tipo de neuronas llamadas primidales y, además, eran más grandes que en el común de los mortales. En 1993 tres neurólogos rusos repitieron la investigación, publicada en la revista médica soviética Uspekhi Fioziolgicheskikh Nauk, a la que añadían poco más que diferencias de tamaño y peculiares circunvoluciones en el córtex. Entonces, ¿el talento sólo se halla en la estructura de la materia gris? Todavía la ciencia no ha dado una repuesta concreta, sólo aproximaciones.

En manos de la tecnología

Gracias al interés de los investigadores por encontrar las bases del talento, aunado al desarrollo de los instrumentos de diagnósticos, fue posible por primera vez analizar más a fondo el interior de la cavidad craneal; así, poco a poco se comenzaron a descifrar con más certeza las áreas cerebrales relacionadas con el talento. “Hoy llegamos a una etapa en la que empezamos a comprender con mayor exactitud qué áreas del cerebro son las que usamos para cada una de nuestras capacidades. Ya podemos conocer la relación entre los factores genéticos y las habilidades que se desarrollan durante la infancia. Gracias a los nuevos métodos de diagnóstico hemos ubicado qué zonas del cerebro se emplean en la lectura y qué sucede cuando este proceso no se lleva a cabo de forma eficiente –el origen de la dislexia-•. Indica el neurólogo Saúl Garza. Todos los análisis nos ayudan a conocer la forma más viable para identifica a las personas que tienen un talento o, en su defecto, la falta de él. Hoy cada vez se estudian más, además de las deficiencias en nuestro genoma, las mutaciones que pudieran ser benévolas para el futuro desarrollo del hombre, Una teoría de la evolución del ser humano se basa en que los errores genéticos en el pasado fueron favorables para nuestra supervivencia como raza. Las investigaciones en este ámbito creen que esas pequeñas mutaciones ligadas al desarrollo de habilidades sorprendentes podrían significar adaptaciones que, si son estimuladas, serán muy favorables en el futuro. Por ejemplo, si una persona nace con la capacidad de resistir muscularmente más el cansancio, sería candidata a realizar pruebas de resistencia o convertirse en atleta de alto rendimiento –un talento derivado de un error genético-. Es un terremoto que se está abriendo al estudio.