Lo que vale un peine

Uno de los útiles más antiguos y usados. Surgió en la prehistoria seguramente para desparasitar el pelo, una función que se ha mantenido a lo largo de los siglos y que comparte con la de ordenar el cabello. El peine no tiene precio, salvo para los calvos.

En un principio, los peines eran de hueso, espinas de pescado, marfil o cuerno. Uno de 10.000 años de antigüedad, hallado en una excavación en el norte de Europa, posee una forma que recuerda la de una mano, lo que nos sugiere que esta fue también nuestro primer peine. El gesto de pasar la mano con los dedos separados desde la frente hacia atrás es propio tanto de hombres como mujeres y representante muchas más cosas que un signo de coquetería.
Lo que vale un peine

Los antiguos egipcios inventaron una especie de peine doble por un lado tenía las púas separadas, para desenredar y peinar el pelo, y por otro las llevaba muy juntas, para arrastras las liendres de los piojos. En China y Japón, los peines tradicionales solían ser de madera de boj. En el levante español se conserva alguno cartaginés, de marfil, de hace 25 siglos, y sabemos que el peine formaba parte del ajuar de los guerreros en la España prerromana, pues estos se acicalaban antes del combate.

Cuenta Ovidio que las mujeres de la Roma clásica realzaban su belleza con elaborados peinados: en ellos no faltaban pequeñas peinetas de carey, oro y otros metales. Pero, en esencia, la doble función del peine, que por una parte servía para desalojar a los inquilinos del cabello, y por otra parte contribuía a la estética personal, se mantuvo durante la Edad Media.

El pelo como espejo del alma
En su Tratado sobre la urbanidad en la infancia (1530) Erasmo de Rotterdam defiende que “no peinarse es una negligencia, pero tampoco es necesario acicalarse como una niña”. Juan Bautista de la Salle (1651-1719) también dedica el capitulo tercero de sus Reglas de a cortesía y urbanidad cristiana al cuidado del cabello, que “hay que peinar todos los días” y” conviene desengrasar regularmente con polvos y salvados”.

En el siglo XVII y XVIII, el pelo no se llevaba peinado, sino empolvado. Los polvos evitaban que el cabello se humedeciese y mantenían su flexibilidad. La cosa no quedaba ahí. En el Gran diccionario de refranes, Jose Maria Sbarbi cuenta: “Cuando Fernando VI ordenó que el ejercito español llevara el pelo con cuatro órdenes de bucles, coleta y polvos, se llamó camaradas de peine a los soldados que ayudaban a peinar a sus compañeros, ya que a los soldados les era imposible manejar por sí solos los canutos de hojalata de que se servían para formar los bucles”. Tras la Revolución Francesa empezó a implantarse el pelo corto y la idea de que era más higiénico.

Otro producto industrial
Las púas de los peines se talaron a mano hasta 1796, cuando William Bundy, un constructor de instrumentos matemáticos e inventor – ideó el reloj de fichar con tarjetas- desarrolló y patentó una maquina con varias sierras paralelas para cortar y hacer peines. Los materiales de fabricación seguían siendo los clásicos. En 1862, el químico Alexander Parkes recibió una medalla de bronce en la Exposición Internacional de Londres por presentar unos peines y otros objetos fabricados con lo que era el primer plástico artificial, la parkesina, antecesor del celuloide. Lo había obtenido tratando celulosa –fibra de algodón o serrín de madera. Con ácido nítrico y mezclándolo con aceite de ricino, con lo que consiguió una pasta que se podía moldear.

Por. Ramón Núñez Director del Museo Nacional de Ciencia y Tecnología