Marc Hauser quiere saber por que somos buenos

Sugiere que existe una moral innata, que nada tiene que ver la religión en nuestras convicciones más íntimas. Auténtico sabio de nuestro tiempo. Marck Hauser busca la razón última que os convierte en –buenas- personas.

Podría definirse como una mezcla de biólogo evolucionista y neurólogo especializado en procesos cognitivos. Es el mejor y no para. Tan así que se las arregló para invitar a su casa a una tanda de especialistas amigos para que pudiéramos reflexionar y profundizar en los secretos de la mente hasta altas horas de la noche.
La energía que pone en su conversación la plasma en sus gestos y incesante discurso. Tiene una edad indefinida: podría formar parte de cualquier colectivo que hubiera nacido entre 1950 y 1980. Y nos habría sorprendido siempre con sus ideas innovadoras pero fundamentadas. El último ejemplo ha consistido en sugerir la existencia de una moral innata previa a las religiones. Estoy hablando, claro está, del psicólogo, neurólogo, primatólogo y filósofo de la Universidad de Harvard Marc Hauser.

Es fascinante descubrir la existencia de una especie de la gramática universal e inconsciente ahí fuera. Privados de un entorno violento y engañoso, debería resultar relativamente fácil ser bueno, actuar sin retorcimientos. Si pudiéramos analizar la arqueología de las emociones preguntando a las comunidades indígenas vinculadas al pasado por qué consideran una barbaridad la comisión de determinados actos, no sabrían responder. Tal vez dirían que se trata de algo inconsciente; “pegado a nuestra alma, explicaríamos nosotros.

Marc Hauser quiere saber por que somos buenos

En observaciones y experimentos realizados con especies salvajes o en cautividad, los científicos han detectado que ocurre lo mismo que en los humanos: los animales a veces deciden cooperar para cazar o capturar una presa. En ocasiones, después de una lucha entre un subordinado y otro dominante, ambos individuos se abrazan para reconciliarse y tranquilizar a todo el mundo, para que los niveles de estrés no suban. Lo mismo vemos en nuestras sociedades.

En cambio, hay aspectos que parecen únicamente humanos, como la capacidad de correspondencia: “Yo te doy algo a ti hoy y, dentro de un tiempo, tú me lo darás a mí”. Es una capacidad que no observamos demasiado en los animales: a ellos parece que les cuesta ser pacientes, controlar su impulsividad.

Ahora hemos podido constatar que cuando alguien ve a otra persona experimentando dolor, él siente lo mismo, de modo que existe una correspondencia entre las áreas respectivas del cerebro. Es lo que llamamos empatía. Quienes no la manifiestan en absoluto, los que no consiguen experimentar literalmente el sufrimiento ajeno, los que son incapaces de ponerse en el lugar del otro, no es que no sean creyentes o religiosos: sencillamente, se trata de psicópatas.

Es asombroso que un científico tan versado en psicología y neurología haya pasado una buena parte de su carrera trabajando e investigando la vida y los mecanismos de la inteligencia en los primates. Compartimos un origen común y hasta los principios morales se parecen. Ahora bien, se me ha quedado grabada en la memoria a largo plazo su versión de una diferencia olvidada por otros científicos: nosotros podemos combinar materiales y usos distintos, mientras que el resto de los animales sólo utiliza un material para un fin exclusivo. Los humanos somos capaces de juntar la mina de un lápiz y la madera moldeada a tal efecto para fabricarlo. A los demás primates, en cambio, no se les ocurre mezclar dos materiales primas distintas para inventar un artilugio que les sirva al mismo tiempo para escribir y rascarse la cabeza.